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    Yo pertenezco a la generación de los 70. A principios de los 80 todavía no llegaba a púber. Recuerdo, de una forma muy fresca todavía, de qué forma me hacían fantasear todas las películas que me tragaba en la televisión (en aquella épica tele de la época, nada que ver con lo de ahora). Mis padres no podían permitirse llevarnos, a mi y a mis hermanos, mucho al cine (creo que las únicas pelis que fui a ver de niños al cine fueron ET, alguna de Fantomas me suena y una en la que era tan pequeño que ni me acuerdo del título). Pero tuve la gran suerte, por lo menos en este sentido, de ir a un colegio de curas que disponía de su propia sala de cine (nada que envidiar a algunas de las ciudades) y con no poca asiduidad nos ponían películas de Julio Verne, historias del antiguo testamento (Ben Hur y ese tipo de producciones) e, incluso, alguna de Bruce Lee. De todas las maneras, indudablemente, la principal fuente de la que me alimentaba en cuestión de pelis era la tele.

    El pueblo en el que me crié y crecí era pequeño y, sobre todo, estaba muy alejado de la gran urbe. Allí, y en aquella época, las únicas diversiones que le quedaban a un chaval de 6 a 12 años como yo eran aventurarme por los campos salvajes que había al otro lado de la calle en la que vivía en busca de bichos que meter en un tarro de cristal, o tumbarme al sol sobre un cartón y la hierba; o acercarme a un vertedero próximo a mi casa para ver que tesoro encontraba entre la chatarra y los electrodomésticos oxidados (no lo subestiméis, allí encontré desde bicicletas y tiendas de campaña robadas a una colección de cómics por el que hoy me pagarían un pastón); o hacer pasta de galleta y limonada con la niñería vecina para venderlas en la acera, que siempre compraban tus padres o los padres de los otros niños.

    Aparte de todo eso, sólo quedaban un par de opciones divertidas más. Y una de ellas era, soñar despierto.

    Y eso era a lo que me movían todas esas películas que veía. A fantasear y dejar volar mi imaginación. No existía protagonista en el que no me metiera de lleno, o al que yo dejara que me poseyera (en el buen sentido, guarros, que yo era un crío, pederastas). Me era facilísimo meterme en su pellejo, en su cabeza, ya fuera el personaje de un cowboy, de un galán, de un héroe o de un detective privado. Una vez, lo recuerdo como si fuera ayer, llegué a diseñar y coser, yo mismo, un traje de spiderman con un viejo chandal y cuatro harapos rojos que me dió mi madre. Salí a la calle de tal guisa convencido de que podría escalar paredes y saltar de árbol en árbol. Hasta que me di la primera leche, claro, lo que no impidió en absoluto que siguiera soñando.
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    Siempre me sucedía eso con todas las pelis, lo de contagiarme de los personajes. Bueno, con todas, todas no. Sólo con las de producción americana. Con Hollywood. Porque lo que era con las españolas...

    A mi me dejaba perplejo (y mira que hablo de cuando era un crío, sin puñetera idea de lenguaje audiovisual, cinematográfico o pollos en vinagre) las grandes diferencias que distanciaban al cine americano del español. Es que no había por donde cogerlo comparando a Charlton Heston en "El planeta de los simios" con José Luis López Vázquez en "Objetivo Bi-ki-ni", por mencionar lo primero que me viene a la cabeza.

    Lo único que, a veces, me hacía acercar la calidad de una peli española a la de una americana era el doblaje. El doblaje de la española (que en aquellos tiempos algunas también se doblaban). Pero esa es otra historia.

    La cuestión es que yo crecí pensando que la culpa de que los españoles sólo supieramos crear parodias (que podían ser más o menos divertidas y graciosas, pero nunca creibles y mucho menos admirables para mi joven y aún inculto espíritu) era la falta de dinero pero, encima de todo, la falta de aspiración. Estaba convencido de que los que hacían las películas en España iban a lo fácil, a lo anodino, a lo que no representaba romper los esquemas de nada sino sólo someterse a lo que había. Y en parte no iba mal encaminado, aunque eso lo sé hoy.

    Durante años y años viví convencido de que algún día, gracias a las nuevas generaciones, a la modernidad y a los adelantos de la tecnología, nosotros, los españoles, también podríamos hacer películas como los americanos. En las que un personaje, desde el momento en el que habría la boca, te hipnotizaba y ya no podías desengancharte de esa película hasta pasada hora y media. Tenía la firme convicción de que en el futuro, los actores mayores y desfasados darían paso a los actores jóvenes que sabrían hablar con voz fluida y vocalizando a la perfección, que sabrían moverse de forma gracil, atractiva pero sin dejar de ser al mismo tiempo natural y orgánica, que aunque fueran físicamente feos o poco agraciados poseerían un magnetismo desconcertante, que sabrían darle a un beso esa carga romántica e impetuosa que sólo sabían dar los americanos, y que se acabarían las patochadas españolas sin sentido y ridículas que sóo daba una imagen de los españoles deprimente y de pazguatos.

    Para mi el futuro, en aquel entonces y siendo tan pequeño, significaba finales de los ochenta, inicios de los noventa. Lo que fuí viendo es que los Pacos Martínez Soria daban paso a Landas, y éstos daban paso Pajares y Estesos, y éstos a Vaquillas y Toretes, y éstos a Imanoles Arias y Puigcorbés, y éstos a a Nanchos Novos y Ariadnas Gil, y éstos a Eduardos Noriegas, y éstos a Marios Casas... Y así, hasta hoy. Y aunque el abanico de estereotipos es amplio y es innegable que dentro de la historia ha habido y hay muy buenos actores españoles, nunca, para mi gusto y mis ambiciones futuristas se ha llegado a una calidad comparable a la de Hollywood. Es más, me sigue dando vergüenza ajena nuestra industria y me sigue costando ir a ver nada en el que el elenco actoral sea español.

    Yo, en su día, decidí hacerme actor y estudiar arte dramático porque creía que se podía hacer algo. Creía de verdad que las cosas se podrían cambiar con sólo un poquito de ganas, de compromiso y de seriedad. Hoy, acercándome a los 40, pienso que es una causa perdida, y aunque siempre me ha gustado pelearme por ellas, en esta ocasión ni tan sólo me infunde ya respeto. Es triste que entre todos sigamos haciendo que el cine de nuestro pais sea la mierda que es. Sólo porque a la mayoría le basta con llegar. Llegar a aparecer en una serie, llegar a que te vean en la tele, llegar a que te den un papelito, llegar a que te cojan en un casting, llegar a que te vea un representante, llegar a que sepan que eres distinto por dedicarte a esto, llegar, llegar, llegar. Y que le den por el culo a que lo que hagamos merezca de verdad la pena.

    PD: Hubiera querido extenderme más, ser más literario, bucear en mis recuerdos, pero a medida que me acudía a como se hacen las cosas en este pais me he ido deprimiendo, poniendo de mala leche y aburriendo tanto, que me he precipitado en el final.
    sigpic

  • #2
    Pues reflexionar sobre cosas así, mira, puede que deprima un poquito.
    Yo tengo 17 años, me estoy sacando bachillerato y haciendo teatro por un tubo para irme el curso que viene a Sevilla o Madrid para hacer teatro, y a veces pensar en lo jodida que esta la cosa, si que echa un poquito para atrás.
    Pero tiene que quedar ahí, en un "a veces". Cada vez pienso más en la posibilidad de pirarme a Inglaterra o EEUU en cuanto termine Arte Dramatico. El panorama que es en España, será mientras siga habiendo tan poca diversidad.
    El dinero aquí se reparte siempre entre los mismos, y evidentemente, lo que va a salir a flote va a ser siempre lo mismo. En este momento, o tienes cara bonita, suerte y contactos para entrar en ese mundillo, o muy jodido esta todo... Y en teatro profesional, ya mejor ni hablar de como esta la cosa.
    Así que, en definitiva, o me toca la loteria y vivo del cuento, o a coger las maletas!
    "Los cobardes mueren varias veces antes de expirar. El hombre animoso no muere más que una vez. El prodigio más extraño de cuantos haya oído hablar es, a mi ver, el que un hombre albergue el sentimiento del temor, cuando es indudable que la muerte, final necesario, llegará siempre a su hora." Julio César

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