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Ayer fui a ver el estreno de "7 Pecad2 Capitales"

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    "Marinería no quiere y a caballería no llega"... Tal y como dice el refranero, así resulta el nuevo montaje de Producciones Imperdibles. Según firma la propia compañía, que pretende con un "fuerte despliegue tecnológico y visual" acaparar la atención y darnos una lección (¿?) durante el recorrido de los nueve pecados capitales del ser humano.

    Y digo nueve, porque en su día San Gregorio Magno fue el primero que nombró nuestros vicios y fueron sólo siete; después el Vaticano hace unos años los rebautizó llamándolos "sociales": hoy el tándem Roca/López añade dos "pecados" más (Vanidad+Cobardía) sin añadir, a fin de cuentas, nada extraordinario. Asistimos a lo que se denomina una enuntiatio que no plantea, sino que repite lo que todos ya sabemos: que debemos entonar el mea culpa por aquello que no deberíamos hacer, y que los hay -como al final se proyecta incansablemente a modo de moralina- que se portan peor que nosotros, es decir, los políticos. Pero, ¿quién va al Inferno? Allí sólo faltaba Dante.

    Como si de un tableau vivant se tratase, los bailarines con sus danzas manifiestan el pecado que les invade, al tiempo que Antonia Zurera, la actriz que ejerce de anfitriona o de guía o de presentadora o de voyeur o de Dante (¿?), titula o rubrica o recita o cita o crítica o advierte (¿?) entre pecado y pecado también lo que ya sabemos. Parece ser que el punto climático elegido reside en el pecado de la lujuria cuando los bailarines simulan una bacanal al compás de un Mater Dolorosa. ¿Provocación a estas alturas? Sine labe concepta.

    Existen instantes de gran belleza conjunta entre el movimiento, lo sonoro y lo audiovisual, por ejemplo, en el pecado de la envidia. Mencionar también cómo el público agradece que le tocara el turno al pecado de la gula para relajar el trapecio y pensar que lo que podría venir después prometía. Sorprendente los bailarines inflados como globos y el acierto en el punto de mira por cómo es tratado este mortífero pecado.

    Las piezas sacras elegidas, bellísimas, pero que, al ir concatenadas y de gran parecido convertían al Teatro Central en una espiral filármornica tarumba y mareante. De ahí que la atención quedara mermada, y en consecuencia, distraída.

    El epílogo no es más que una sucesión de imágenes ya manidas ya de fácil propaganda con las que el propio Bono bombardea en sus conciertos por aquello de no ser "políticamente correctos" y "antisistema", esto es, flashes de torturas, pobreza, corrupción, guerras... las cuales, no sólo las conocemos por Informe Semanal, sino que más bien el objetivo ahonda en el dogma lopesco por aquello de "como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto." ¿Por qué ninguno de nuestros políticos en activo aparece en las múltiples pantallas? ¿Sólo los extranjeros pecan...? ¿Sólo el mal se halla en manos de los poderosos? Entonces, ¿el mea culpa no nos lo debemos aplicar los espectadores? ¿La responsabilidad no es nuestra?

    Efectivamente el escenario debe ser un púlpito y dejar claro que, como bien se ha dicho esta noche en el Central, "el Hombre es como fue"; cierto es que el público está obligado a cotejar las tablas del medievo (El Bosco entre ellas) proyectadas con los horrores que se siguen cometiendo. Sin embargo, el cometido de la gente del teatro es dar un paso más, regalarnos alguna clave, o en su defecto, meternos el dedo en el ojo como decía Pirandello y zarandearnos, pero de otra forma, nueva. El Hombre de hoy en día está haíto de que le muestren; el Hombre de hoy, necesita preguntas o claves, no un telediario bíblico en escena para dedicarnos a nosotros mismos un allegre vivace ego te absolvo a peccatis tuis, amen..
Trabajando...
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