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Frágil como una piedra

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  • Frágil como una piedra

    Dicen que Tarantino se lo pasó en grande mientras veía la última cinta de Alex de la Iglesia, Balada triste de trompeta. Y digo yo que si Artaud hubiera asistido hoy a la puesta en escena de Ana Ropa/Guillermo Weickert, se le habría olvidado el frío inusual de la capital hispalense y hubiera reído también en más de una ocasión.

    Hábil y a la vez ingénua, con texto breve y abundante plasticidad, FRAGIL COMO UNA PIEDRA arranca tanto la risa -y si no, al menos, sonrisa siempre- como la compasión. El tema que trata, la soledad, aparece endulzada por frases coloquiales en un ambiente doméstico, pero sin caer por ello en el tópico por excelencia a la hora de abordar lo clownesco. La actriz queda delicadamente en el límite y va sorprendiéndonos con elementos cotidianos convertidos en recursos muy efectivos -que no efectistas- con el fin de llevarnos de su mano por su particular historia.

    Lo más sorprendente, por aquello de radical, es el ritual "carnicero" al que nos invita. La protagonista es una carnicera que se va automutilando paulatinamente. Dichas ceremonias sangrientas vienen enmarcadas por soliloquios hilariantes que van desde un fragmento desquiciado de Macbeth en inglés hasta el toque costumbrista y sureño de unos Alvarez Quintero remasterizados. Sin desperdicio.

    La actriz lanza, más que analiza, los obstáculos que hoy en día encontramos para ser feliz en compañía: la impotencia, el amor no correspondido/no localizado; la mentira ("Mi estómago está diseñado para no mentir", grita el personaje dentro un cajón que bien pudiera haber diseñado Samuel Beckett), la protección ante la inseguridad ("¡Cuidado! ¡Tengo orden de alejamiento sobre mí misma!). Como nos comenta la propia actriz: "De esta manera, con el clown, vamos acercándonos más al público que ya viene con demasiadas tragedias en la cabeza. Yo noto cómo a veces este calla, a veces ríe. Pero lo importante es que llegue.
    Nunca se sabe cómo pueden reaccionar".

    La moral alentadora basada en los efectos de la sonrisa tomadas del propio Punset con la que despide su obra en un llamamiento abierto al público -luz de sala encendida-, ponen punto y final a esta sucesión de gags, "descarnamiento", pinceladas almodovorianas (todos los zapatos usados, unos con forma de aleta, posados sobre una antena como si fueran los cuervos de los que habla Macbeth), ternura ante seres que fingen al pensar que la soledad "fortalece", hacen de este montaje que sea frágil por el cándido mensaje que propone Ana Pardo, pero como una piedra por la solidez a la hora de explotar lo visual y lo plástico tan
    animosamente.
Trabajando...
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